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April 8, 2026
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Puntos clave
  • Las decisiones territoriales todavía se toman principalmente sobre la base de intuiciones y datos declarativos fragmentarios.
  • Cuatro obstáculos estructurales explican la falta de datos: el costo percibido, la falta de conocimiento de las herramientas, la cultura declarativa y la falta de marcos comunes
  • Las consecuencias son concretas: errores de dimensionamiento, inversiones mal dirigidas, dificultades para justificar las decisiones, pérdida de subsidios.
  • La evolución de los requisitos de los financiadores está empujando a las autoridades locales a dotarse de herramientas de medición.
  • Los territorios pioneros demuestran que invertir en la medición mejora la calidad de las decisiones y facilita el acceso a la financiación
  • Medir los usos no es un lujo sino una palanca estratégica para la gestión territorial
  • La observación: las decisiones territoriales todavía se toman en su mayoría por intuición

    Cuando una comunidad planea crear un carril bici, extender el horario de apertura de las instalaciones deportivas o reconstruir una plaza pública, la pregunta central debe ser: ¿Cuántas personas utilizan este espacio hoy en día y cómo? Esta pregunta aparentemente simple rara vez se responde de manera objetiva.

    Los arbitrajes presupuestarios se basan en los comentarios de los agentes, las peticiones de los residentes locales, las observaciones específicas durante las visitas elegidas o los puntos de referencia tomados de otros territorios sin verificar su relevancia local. Estas fuentes no carecen de valor —captan parte de la realidad—, pero no constituyen una base sólida para realizar una inversión de varios cientos de miles de euros.

    Ejemplo concreto: Los agentes consideran que una vía verde está «muy transitada» porque se encuentran regularmente con personas allí durante sus recorridos. Sin embargo, estos recorridos se realizan durante la semana, durante el día, cuando hace buen tiempo. El tráfico invernal, nocturno o fuera de las horas pico permanece invisible. ¿Se justificará la inversión en una extensión por el uso real o solo por el uso visible?

    Esta lógica intuitiva no es exclusiva de las comunidades. Las propias empresas privadas operaron de esta manera durante mucho tiempo, antes de que la creciente disponibilidad de datos transformara sus procesos de toma de decisiones. Sin embargo, en el sector público, el cambio es más lento. ¿Por qué?

    Por qué los datos de uso son escasos: cuatro razones estructurales

    1. Costo percibido frente al presupuesto disponible

    La primera objeción a la medición de los usos es presupuestaria. Las comunidades, especialmente las pequeñas y medianas, consideran que medir el uso de una vía verde o un parque natural es un lujo que no pueden permitirse. El razonamiento es simple: «Tenemos 50 000 euros para crear un diseño, ¿por qué dedicar 5000 euros a medir su uso futuro? »

    Este razonamiento invierte la lógica de la inversión. Medir los usos no es un coste, sino un seguro contra el riesgo de error. Un diseño sobredimensionado moviliza fondos que podrían haberse asignado a otro lugar. Un diseño de tamaño insuficiente genera insatisfacción y requiere un trabajo correctivo posterior, que a menudo es más caro que si el proyecto hubiera estado bien calibrado desde el principio.

    Sin embargo, esta percepción del costo como una carga pura sigue arraigada. Esto se ve reforzado por el hecho de que los ahorros logrados con una buena medida son invisibles: nunca se sabe cuánto habría costado evitar el error.

    2. Falta de conocimiento de las herramientas existentes

    Muchos responsables de la toma de decisiones territoriales no saben que existen herramientas de medición confiables, no intrusivas y relativamente accesibles. La representación mental dominante sigue asociando la medición de la asistencia con dispositivos engorrosos: cámaras con análisis de vídeo (problemas con la RGPD), recuentos manuales que cuestan mucho tiempo o encuestas declarativas que requieren mucho tiempo.

    Las tecnologías de captura automática (sensores térmicos, radares, bucles inductivos) siguen siendo desconocidas fuera de los servicios técnicos especializados. Esta falta de conocimiento crea un sesgo de inacción: sin saber que existe una solución simple, dejamos de medir.

    Este déficit de información es también un déficit de formación. Los ciclos formativos de los gestores territoriales rara vez incluyen módulos sobre la medición de los usos o la gestión de datos. Las competencias siguen concentradas en unas pocas ciudades grandes, que cuentan con los recursos necesarios para contratar perfiles de datos o para financiar la AMO (asistencia a la gestión de proyectos) especializada.

    3. Cultura declarativa históricamente arraigada

    Las autoridades locales ya tienen datos, pero estos datos son en su mayoría declarativos. Los gimnasios funcionan según los horarios de reserva. Las bibliotecas cuentan a los inscritos y a los préstamos. Las piscinas registran las entradas pagas. Estos datos estructuran la oferta y permiten una administración mínima.

    Pero solo capturan una parte de la realidad. Una franja horaria reservada en un gimnasio no siempre es ajetreada. Una biblioteca puede ser frecuentada por usuarios no registrados que vienen a consultarla in situ. Una vía verde de acceso gratuito no genera ningún dato declarativo, aunque puede dar cabida a cientos de travesías diarias.

    La cultura declarativa crea una ilusión de conocimiento. Creemos que sabemos porque tenemos números. Sin embargo, estas cifras no miden el uso real, sino el uso documentado desde el punto de vista administrativo. La brecha entre ambos puede ser considerable.

    4. Falta de marcos de referencia comunes

    Incluso cuando las comunidades miden, con frecuencia lo hacen de una manera no estandarizada. Una ciudad cuenta a los ciclistas en una ubicación específica, otra cuenta en otro segmento, con un método diferente, durante un período de tiempo diferente. Los resultados no son comparables, lo que limita la posibilidad de crear puntos de referencia nacionales o regionales.

    Esta falta de marcos de referencia comunes desalienta la medición. ¿De qué sirve medir si las cifras obtenidas no se pueden poner en perspectiva? Los observatorios regionales de movilidad activa están intentando estructurar estos informes, pero se ven obstaculizados por la heterogeneidad de los métodos y la ausencia de datos continuos sobre muchos territorios.

    Los organismos estatales y nacionales (ADEME, CEREMA) han empezado a ofrecer guías metodológicas, pero la difusión sigue siendo lenta. El tema no se percibe como una prioridad ante las emergencias presupuestarias y operativas.

    Las consecuencias concretas de volar a ciegas

    La ausencia de datos sobre usos reales no es solo un problema teórico. Produce efectos mensurables en la calidad de la inversión pública y en la capacidad de los territorios para dar cuenta de sus decisiones.

    Equipos sobredimensionados o de tamaño insuficiente

    Sin un conocimiento preciso de las tendencias actuales de asistencia y desarrollo, los proyectos se dimensionan sobre la base de hipótesis. Estas hipótesis pueden resultar correctas por casualidad o falsas debido a la falta de un diagnóstico.

    Un aparcamiento de relevo con un tamaño de 200 plazas cuando la demanda real es de 80 plazas moviliza terrenos y fondos innecesariamente. Por otro lado, una vía verde diseñada para el ocio dominical que se convierte en un eje de servicios públicos diarios genera rápidamente problemas de saturación, conflictos de uso y desgaste prematuro de las superficies.

    Estos errores son costosos, no solo en términos de dinero público, sino también de credibilidad política. Los ciudadanos notan las discrepancias entre las promesas y la realidad del uso.

    Inversiones mal dirigidas

    La ausencia de datos también conduce a errores en la asignación del presupuesto. Un territorio puede invertir masivamente en una infraestructura mal utilizada y, al mismo tiempo, descuidar un eje saturado porque no ha objetivado la asistencia respectiva a estos dos sitios.

    Luego, las decisiones se toman en función de criterios políticos (visibilidad mediática de un proyecto, presión de una asociación local, oportunidad de tierras) en lugar de criterios de eficiencia de uso. Esto no siempre es malo —la decisión política tiene su propia legitimidad—, pero se convierte en un problema cuando los propios representantes electos no tienen los elementos fácticos para arbitrar con pleno conocimiento de causa.

    Dificultad para justificar las elecciones ante los ciudadanos

    En un contexto de fuerte sensibilidad hacia el uso del dinero público, las comunidades deben poder dar cuenta de sus elecciones. Los presupuestos participativos, las consultas ciudadanas y las obligaciones de transparencia requieren cada vez más que las inversiones estén justificadas.

    Sin datos objetivos, esta justificación se vuelve frágil. Se basa en declaraciones de intenciones («este avance promoverá la movilidad blanda») más que en conclusiones fácticas («450 ciclistas ya utilizan esta ruta todos los días y la tendencia aumenta un 12% cada año»). La primera formulación es cuestionable. La segunda lo es mucho menos.

    Pérdida de subvenciones por falta de datos objetivos

    Los programas de financiación pública (AVELO, CRTE, fondos europeos, convocatorias de proyectos regionales) requieren cada vez más datos de asistencia para procesar las solicitudes. Los financiadores quieren asegurarse de que los proyectos apoyados satisfagan necesidades reales y mensurables.

    Un archivo que no puede demostrar el uso actual de un eje o la asistencia esperada de un desarrollo futuro se encuentra en una posición débil en comparación con los archivos de la competencia basados en cifras sólidas. Esta competencia entre territorios para captar fondos limitados hace que la medición de los usos ya no sea opcional, sino estratégica.

    Qué está cambiando: el surgimiento de una cultura de datos territorial

    En los últimos años, un movimiento fundamental ha ido tomando forma. Las comunidades pioneras que han invertido en la medición de los usos están obteniendo un retorno concreto de la inversión: una mejor asignación del presupuesto, un acceso más fácil a la financiación, una mayor credibilidad entre los ciudadanos y la capacidad de gestionar las políticas públicas a largo plazo.

    Factores que están acelerando este movimiento

    La evolución de las necesidades de los financiadores. ADEME, las regiones y el Estado condicionan cada vez más la concesión de subvenciones a la producción de datos objetivos. Esta restricción externa empuja a las comunidades a equiparse.

    La caída de los costos de la tecnología de medición. Los sensores automáticos, que antes estaban reservados para las grandes ciudades, se están volviendo accesibles para las ciudades medianas y las intermunicipalidades rurales. La autonomía energética (batería y energía solar) permite instalar puntos de medición en sitios sin infraestructura eléctrica.

    La difusión de una cultura de datos en el sector público. Las jóvenes generaciones de gestores territoriales, formados en análisis de datos y gestión de indicadores, están ocupando puestos de responsabilidad. Ofrecen una visión menos intuitiva, más basada en la medición y la evaluación.

    Ejemplos inspiradores. Cuando las comunidades vecinas demuestran que han optimizado sus inversiones mediante la medición, se crea una presión mimética positiva. Los funcionarios electos se preguntan: «Si ellos pueden hacerlo, ¿por qué nosotros no? »

    Territorios pioneros que han dado el paso

    Algunas ciudades han sistematizado la medición de la asistencia en sus redes de bicicletas y espacios públicos. Ahora disponen de varios años de datos continuos, lo que les permite identificar tendencias, medir el impacto de sus desarrollos y producir informes de impacto sólidos para justificar los presupuestos posteriores.

    Los parques naturales regionales han desplegado redes de sensores en sus rutas de senderismo para comprender mejor la distribución de los flujos, identificar las áreas sobreutilizadas y adaptar la gestión en consecuencia. Algunos han podido demostrar que la asistencia real fue el doble de la estimada inicialmente, lo que justificó los refuerzos presupuestarios para mantenimiento y hospitalidad.

    Las intermunicipalidades rurales, que se enfrentan a presupuestos limitados, han instalado algunos sensores en ejes estratégicos para objetivar las opciones de inversión. Incluso con una red modesta (de 5 a 10 puntos de medición), pudieron documentar sus solicitudes de financiación y aumentar sus posibilidades de obtener subvenciones.

    Estos ejemplos muestran que medir los usos no es solo una cuestión de recursos. En primer lugar, es una cuestión de voluntad política y de convicción que la experimentación con datos permite tomar mejores decisiones.

    Conclusión: medir no es una opción, es una palanca estratégica

    La falta de datos sobre los usos de los espacios e infraestructuras públicas no es inevitable. Es el resultado de elecciones (o no elecciones) que pueden revisarse. Los obstáculos identificados (el coste percibido, la falta de conocimiento de las herramientas, la cultura declarativa, la ausencia de referencias) son reales, pero no insuperables.

    Los territorios que se lanzan rápidamente descubren que la medida no es un costo adicional, sino una inversión que mejora la calidad de todas las decisiones posteriores. Permite dimensionar con la mayor precisión posible, justificar las elecciones, obtener financiación, medir los impactos y gestionarlos a largo plazo.

    En un contexto de crecientes restricciones presupuestarias, competencia entre territorios por los subsidios y requisitos de transparencia ciudadana, la capacidad de objetivar los usos se convierte en una ventaja competitiva. Las comunidades que sigan tomando decisiones a ciegas quedarán rezagadas con respecto a las que opten por los datos.

    Así que el verdadero problema no es la falta de datos. Es la falta de conciencia de que esta falta es un problema y de que existen soluciones accesibles para resolverlo.

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